Difundese, Archivese o Ignorese...

martes, 14 de febrero de 2012

Scalabrini Ortiz: recordando al Hombre que ya no está solo...


*Trabajo expuesto en el Instituto Alicia Moreau de Justo, allá por 2008. 

“Marechal insistía: -El que no ha escuchado la voz del Río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires. ¡Es la tristeza del barro que pide un alma!-
            No pudo continuar, porque se le atragantó una ola de llanto y su cabeza rodó en el pecho de Xul Solar.
            -El problema no está en el río –empezó a decir Scalabrini, el hombre de la talla diminuta-. Si evitamos las tentaciones más o menos líricas y abrimos los ojos...
            Pero Borges con su mano fofa de molusco le tocó la espalda: -¡Alto ahí!- le dijo- Entiendo que Buenos Aires nos ofrecía una versión poética –alcohólico –sentimental del Río...¡Yo sostengo que mientes!
            -¿Qué miento? –gruñó Scalabrini-. ¡Ahora voy a decirles cómo planteo yo el problema de Buenos Aires!
            No consiguió hacerlo porque Oliverio Girando intervino sonoramente implorando: -¡Atájenlo! ¿No ven que ya está oliendo a Espíritu de la Tierra? ¡El muy zorro va a encajarnos otra vez su condenada teoría![1]

            El citado epígrafe está obtenido de la extraordinaria novela de Leopoldo Marechal titulada Adán Buenosayres, donde retrata, con otros nombres, a sus excompañeros martinfierristas. La imagen satírica que expone Marechal refleja una verdadera crítica hacia las posturas de sus compañeros, dueños de un criollismo urbano de vanguardia[2]. Así, cuando mencionaba a Raúl Scalabrini Ortiz, lo personificaba como el petizo Bernini un fervoroso discutidor de teorías nacionalistas que trata de martillar sus ideas a sus compañeros en todo momento, insistentemente, sin éxito. Pero Adán Buenosayres no es una simple novela, porque también retrata el carácter de una época, de una búsqueda de una literatura fundacional, renovadora, es el reflejo de los escritores de Florida. Y la crítica que produce Marechal hacia Scalabrini es la de un escritor desencajado de su época, buscando verdades que no le interesan a esos grupos de jóvenes literatos preocupados por la estética. A su vez, tampoco se los puede unir con los de Boedo, ya que la teoría del Espíritu de la tierra no forma parte de una literatura de izquierda, preocupada por el realismo social. El hombre de Corrientes y Esmeralda ya estaba solo antes de iniciar su recorrido...
            Cuando Buenos Aires promediaba el ’30, Scalabrini Ortiz era un escritor reconocido, originario de la Florida pero abierto a los distintos círculos literarios: no faltarán aportes suyos en las revistas Claridad, y posteriormente en Metrópolis; así como también fue asiduo colaborador de La Nación y El Hogar, donde desarrolló esa misteriosa teoría metafísica, mientras se convierte en un cronista conocedor de los cien barrios porteños, llegando incluso a reemplazar entre setiembre y noviembre de 1929, las famosas Aguafuertes porteñas de Arlt en el diario El Mundo. No obstante, su biblia porteña tan aplaudida y reconocida por el stablishment de entonces llamada El hombre que está solo y espera, verá la luz recién en 1931, gracias al apoyo y sugerencia de Manuel Gleiser que terminó convenciendo a Scalabrini que el Hombre de Corrientes y Esmeralda debía formar parte de un ensayo y no de una novela.
            La obra, al decir de Halperín Donghi, parecería reflejar a la Argentina anterior a la hecatombe de 1929 –30, y que su autor aún no había advertido que ya no sería la misma.[3]En realidad, lo que pretende reflejar es un estado de animosidad y ética porteña, que transmite lo puro, lo auténtico del ser nacional. A la síntesis del Espíritu de la tierra, que caracterizaba la conciencia y el ideal del pueblo que Ricardo Rojas lo denominaba la argentinidad,[4] Scalabrini le encontró ubicación: Corrientes y Esmeralda. El hombre que espera en esa esquina será “el instrumento que permitirá hincar la viva carne de los hechos actuales, y en la vivisección descubrir ese espíritu de la tierra”.[5] La elección de la esquina no fue arbitraria: en los veinte, el sótano del Royal Keller, ubicado bajo esas coordenadas, era una de las sedes más representativas de la vanguardia literaria; donde se realizaba La Revista Oral en la cual Scalabrini participó junto con otros martinfierristas. Incluso tenía para él, boxeador en su juventud, un encanto particular, ya que en este lugar se realizaron las primeras exhibiciones de boxeo.[6] Entonces este representante del ser nacional, estuvo íntimamente vinculado a esta esquina, lugar donde debatirá su “condenada teoría”. En ese mismo lugar, recordará Marechal, “Raúl Scalabrini Ortiz (que aún no pensaba en los ferrocarriles argentinos) concebía su drama filosófico de un Hombre en soledad y esperanza”.[7] Evidentemente, el ensayo sobre el ser nacional, era también un testimonio de su vida, y un manifiesto de su filosofía ético-social. A diferencia de otros ensayos que buscaban al ser nacional, como Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada, no reflejaba el inevitable tránsito hacia un destino trágico, pero tampoco emprendía la búsqueda de la Argentina invisible, aquella que fue conformada por una elite aristocrática y criolla como la que había promovido la fundación de la civilización[8] (tal como lo había interpretado Mitre) como Historia de una pasión argentina de Eduardo Mallea. De hecho, Scalabrini apela a la unión intrínseca entre el hombre en comunidad apegado a su tierra, formando con ella una entidad común. Esa relación metafísica es la barrera que impidió la penetración de costumbres exóticas, es la forma de explicar cómo el aluvión inmigratorio no pudo desviar el destino del ser nacional. Pero si la obra ofrece, en respuesta a los análisis de la intelectualidad extranjera, una visión interior de la argentinidad, tampoco reniega de la práctica liberal de aquel entonces como cree Nicolás Shumway, que califica a la obra de Scalabrini como una reconstrucción de un neo tribalismo en oposición al estado liberal[9]. Lo que sí se evidencia es la soledad pronunciada por su autor pero que manifiesta la esperanza de encontrar a su receptor, es decir, a un actor social del que todavía no se ha percatado o no ha entrado en contacto.
            Por lo tanto, en su primer edición, no aparece explícito el vacío de representatividad política que sufre el argentino, más bien mantiene cierta adhesión a la práctica democrática liberal, en la cual delega su poder en su representante. Es más, para Scalabrini el hombre porteño goza de un instinto político admirable, y es así que “ha impedido que el capital extranjero se ingiriera en el manejo de la función pública, y ha desconceptuado a los hombres que tutelaron su infiltración en el gobierno”.[10] Por  entonces, Scalabrini supone que los fracasos gubernamentales y el descontento es producto puro y exclusivo de la desconexión existente entre la dirigencia nacional y sus representados. Entonces, la caída de Yrigoyen se explica por su soberbia a la hora de gobernar: “En todos sus actos había un “A mí qué me importa lo que piense la plebe”. Y cayó arrasado por la avalancha de la indignación. Ahora estamos frente a una soberbia peor (en referencia a Uriburu).”[11]
            Sin embargo, la crisis del treinta, marca un punto de inflexión en la vida de Scalabrini. Su compromiso y el emprendimiento en la búsqueda del ser nacional lo llevan al abordaje de una larga experiencia y la misma se va ir actualizando en su biblia porteña. Así, entrará en contradicción frente a una intelectualidad que le había abierto los brazos y habían visto en él, como Eduardo Mallea, a un gran valor de las letras argentinas[12]. Pues por entonces en Argentina, donde las bases de la cultura elevada fueron tomadas directamente de Europa, ahora bajo un período de crisis que la asolaba con la amenaza bolchevique y fascista,  se instaura en estas minorías selectas “un horror al vacío” debido al aislamiento que acontece, y a su vez a perder su sustento estructural por parte de los sectores dominantes. Esta encrucijada cultural persuadió a los intelectuales a asumir una defensa de los valores que consideraban en peligro mientras apelaban a cierto resguardo apolítico, como enfatizara Julien Benda.[13] De esta forma y siguiendo la idea de Benda, Scalabrini Ortiz fue catalogado de traidor por sus pares, ya que emprende en su labor intelectual una comprometedora labor crítica. Así como el Hombre de Corrientes y Esmeralda era inmune a tendencias extranjerizantes, Scalabrini Ortiz se declara independiente de toda ideología foránea. Este derrotero se inició con un artículo en el diario El Mundo el 13 de julio de 1932 donde afirmará: “Fácil es adosarse a un régimen social, político y religioso, sea fascismo o comunismo, liberalismo o clericalismo. Fácil es repetir como loro el dogma, la frase ritual, el argumento ya construido, la réplica ingeniosa... (pero) sólo mediante su sinceridad, el escritor será lo que debe ser, un conductor, un pastor de hombres perdidos...” . En la cuarta edición de su libro, julio de 1932, agrega: “(Uriburu) pasó lamentablemente, aunque todavía su sombra, con lamentables esporos de ideas importados, algunos tratan, desesperadamente, de sacar utilidad personal en el desquicio provocado. Algún día los gobernadores, escaldados, aprenderán a respetar las terminantes –aunque no dichas- convicciones del espíritu de la tierra”[14]. Al poco tiempo, termina renunciando a la condición de vocal de la Comisión Directiva de la SADE, y publicó una carta donde afirma:No tengo empleo ni lo tendré . Soy opositor, y de mi nuevo libro en que pienso demostrar con números en la mano, que el país ha sido miserablemente vendido al capital extranjero, más espero persecuciones que premios”[15]. Scalabrini consideró que un intelectual no podía estar pendiente de lo que sucede en Europa y mantenerse al margen de la escandalosa década infame.
            La crisis económica iniciada en Wall Street en 1929 sacudió a todo el mundo, y particularmente a aquellas economías primordialmente exportadoras como la Argentina. Scalabrini oportunamente calificó a esta crisis estructural como “el nacimiento de la realidad”. Su labor de cronista lo hizo entrar en contacto directo con las consecuencias que suponía esta crisis y fue entonces que comprobó que el problema no era político sino económico. Se percató de que el hombre de Corrientes y Esmeralda estaba sumido en una burbuja como el resto de la sociedad: “Buenos Aires, centro pensante y ejecutivo de la república, contempló el fenómeno con el azoramiento de un niño(...) se había vivido muellemente hipotecando el porvenir, cediendo concesiones a cambio de prestamos, enajenando la tierra pública y privada, y la rueda se había detenido”[16]. Así se lanzó a la investigación económica. La crisis social, política, moral y cultural en que estaba hundido el país sólo le resulta explicable analizando los modos de producción.[17] Fue así que entronca un nacido pensamiento antiimperialista con enseñanzas que había tomado al formar parte de la primera agrupación comunista universitaria, Insurrexit, en su juventud. Decididamente Scalabrini dejaba atrás un futuro auspicioso en las letras argentinas, para dedicarse a la investigación periodística, buscando desentrañar los lazos que mantenían atadaa la Argentina  a Gran Bretaña. Es que la clase dominante buscaba regularizar las relaciones comerciales con Gran Bretaña, que muy golpeada por el crack del 29, empezó a recluirse y mantener estrechas relaciones comerciales con la Commonwealth, a efectos de autosatisfacerse. Definitivamente esto alteraba el orden económico del país, entonces intentando evitar el desastre, a fines de 1933 se termina firmando el tratado Roca –Runciman, fortaleciendo la relación bilateral, a expensas de una fuerte dependencia. El escandaloso tratado alcanzó una fuerte indignación local. La polémica hizo más que aseverar el compromiso político de Scalabrini. En diciembre de 1933, participó en la conspiración planeada por el teniente coronel Pomar y grupos radicales yrigoyenistas,  que fue rápidamente sofocada y por lo que debió marchar al exilio.
            Como consecuencia de la crisis del modelo agroexportador, se dio un empuje industrial en el país. De esta forma, a mediados del ´30 en las principales ciudades, sobre todo en Buenos Aires, se originó una acelerada urbanización ensanchando el mercado interno.Mientras que a la par se iba asomando un nuevo actor social huérfano de representatividad política, migrante de las zonas rurales. Frente al vacío político y la necesidad de plantear una alternativa que no sea replica de ideologías extranjeras nació (a partir de una defección dentro del partido radical) FORJA; encabezada por Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, Homero Manzi y Gabriel del Mazo entre otros. Scalabrini tuvo participación activa, pese a no formar parte integral debido a que no era afiliado al partido radical. “Somos una Argentina Colonial: queremos ser una Argentina Libre”, era su proclama y su denuncia. “F.O.R.J.A. puso en evidencia lo que Scalabrini Ortiz llamaba “la política invisible” y la mano extranjera que manejaba sus hilos. Dio a la política argentina un lenguaje y un método esclarecedor que a su vez hizo coherente el pensamiento nacional y delimitó en dos campos, reales y locales, que las divisiones ideológicas se empeñaban en ocultar”[18]. FORJA le sirvió a Scalabrini como forma de difundir sus investigaciones a través de conferencias y cuadernos, que luego los recopilaría y ampliaría en Política británica en el río de la Plata e Historia de los Ferrocarriles argentinos. Sin embargo, el alcance de la difusión era limitado ya que los grandes medios informativos simplemente ignoraron su accionar político. No obstante, la relación que entablaba con los receptores mediante la difusión en lenguaje coloquial y sencillo en las conferencias además de la propagación de volantes y cuadernos al alcance de los trabajadores sin dogmatismos, sirvió para entablar una nueva práctica de relación político popular que será asimilada y desplegada posteriormente por el peronismo.
            En febrero de 1941, salía la séptima edición del Hombre que está solo y espera  sufriendo una serie de modificaciones con respecto al original de 1931. Sin embargo, Scalabrini Ortiz sostiene en su prologo lo contrario. Luego de sus investigaciones, llegaba a la conclusión que el capital extranjero sólo “subordina y explota[19] al Espíritu de la tierra, no implantaba mejoras y para nada el Hombre de Esmeralda y Corrientes le ofrecería una sobria gratitud por sus aportes, como sostenía en un principio[20]. Incluso ya no había lugar en su libro para simpatías hacia personajes que terminaron siendo representantes de Washington para construir el panamericanismo, como Waldo Frank[21]. Decididamente no iba a ser esclavo de sus palabras y por ende, su alter ego iba a adquirir decididamente una actitud antiimperialista. Scalabrini ya no estaba escribiendo para regodeo de la intelectualidad, sino que se estaba dirigiendo a un nuevo interlocutor, y no formaban parte de ello ni los nacionalistas fascistoides ni tampoco los radicales.
Se puede afirmar que Scalabrini Ortiz es uno de los referentes del revisionismo histórico, aunque no fuera historiador, ni le interesaba serlo. No es válido asignarle entonces falta de rigor científico a sus libros como critica Halperín Donghi porque simplemente nunca apeló a formar parte de ningún paradigma[22]. Tampoco se podría decir que no cita a Lenin no con el fin de ocultar sus fuentes al momento de caracterizar a la Argentina como modelo de semicolonia inglesa[23]. como sostiene Halperín, sino porque su pensamiento formado en su juventud comunista y enriquecido por la experiencia vivida en la década del 30 lo llevaron a levantar la bandera del antiimperialismo y proponer salir de su influencia. En efecto, a diferencia de lo que sostiene Halperín Donghi, en La Historia de los ferrocarriles argentinos Scalabrini no sólo reconstruye minuciosamente el desarrollo financiero y denuncia una práctica de corrupción que al suponer del historiador parece común en su contexto y superflua[24], sino que desentraña a través de ello la intima vinculación entre la sociedad política y el capital extranjero:“desde su organización, la República se desenvolvió ahogada por la malla de los ferrocarriles extranjeros, cuya nefasta influencia abarcaba todos los órdenes de la vida nacional y cuya política de represión contrariaba la natural voluntad de crecimiento y diversificación de las actividades económicas”[25]. Seguramente la respuesta que daría Scalabrini frente a esta crítica sería: Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo”[26]. Tan al margen incluso de la tendencia revisionista general estaba, que a diferencia de los rosistas, defendía su propia línea histórica: Moreno –Rosas –Yrigoyen, reivindicando el carácter revolucionario del primero y su Plan de Operaciones. De alguna forma, estos eran los referentes principales de la defensa de la soberanía nacional. Nuevamente Scalabrini Ortiz constituye la negación de sus contemporáneos: la elite cultural de su tiempo, pues al igual que FORJA defenderá fervientemente el neutralismo frente a la segunda guerra mundial, manteniéndose a un costado de la disputa ideológica entre los que adherían a los aliados o al Eje. Su razonamiento es sencillo: “la convulsión de Europa nos entreabre una oportunidad para resolver nuestros problemas por nosotros mismos. No esperemos nada de ella, gane quien gane, sino explotación. Dediquemos nuestra inteligencia y nuestro trabajo a resolver, ante todo, el hambre y la angustia de la desesperanzada muchedumbre argentina. En ella caben todas las voluntades, todas las religiones, todas las razas. Lo único imposible es escapar al destino histórico en que esa muchedumbre está comprendida. Y por eso toda traición a su destino histórico es una traición a nosotros mismos”[27]. Por ese entonces, el Hombre de Corrientes y Esmeralda finalmente había localizado a ese actor social que había emergido a partir del proceso de industrialización incipiente. Sin lugar a dudas, esa muchedumbre a la que hace referencia representa al Espíritu de la Tierra y su aparición en el momento de decadencia del Imperio Británico, hace de ello el momento de transitar hacia un destino histórico: la liberación del estatuto legal del coloniaje en la que estaban inmersos. Para Scalabrini su biblia porteña era el verdadero sentir testimonial del pueblo emergente. Así emprende una lucha interna dentro de FORJA con el fin de que sea definitivamente independiente del partido radical. La escisión y alejamiento de algunos de sus miembros es motivo de ello. Para los yrigoyenistas, la “nación” estaba identificada con el partido radical y viceversa, lo que era intolerable para Scalabrini que pretendía que FORJA representase una auténtica renovación, entendía que la “nación” estaba comprendida por aquella muchedumbre. Siguiendo a Hobsbawm, que divide la historia de los movimientos nacionales en tres fases[28]; Scalabrini a partir de su labor militante, significó uno de los precursores de la “idea nacional” y junto con FORJA diseñaron un estilo de hacer política que fue asimilado y explotado por el peronismo. Pero además, Scalabrini es uno de los responsables de la fase inicial, ya que El hombre que está solo y espera en un primer momento no tenía ninguna implicación política, ya que rediseñaba una suerte de argentinidad ajena de un carácter hispanófilo y ultramontano. Finalmente, la tercera fase se desarrolla a partir de la labor de Perón, que mediante un programa nacionalista, obtiene el apoyo de la muchedumbre. Antes de los sucesos de octubre de 1945, Scalabrini escribía: “Las revoluciones destinadas a marcar una huella perdurable en la historia presuponen la existencia de dos factores: primero, un pueblo dotado de una elevada tensión espiritual y de un ímpetu de generosidad colindante con el mesianismo, como era el pueblo ruso. Segundo, conductores que estén íntima e inseparablemente imbuidos de ese espíritu, hasta el punto de ser sus interpretes como lo fue Lenin.” Finalmente parecía que el pueblo había empezado a transitar su destino histórico y al presenciar a los descamisados aquel 17 de octubre enfatizó: “Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba por primera vez en su tosca desnudez original... Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo. (...) Yo era uno cualquiera que sabía que era uno cualquiera y sin embargo, como un tremendo vendaval, me sacudía el orgullo de estar abriendo el cauce de los tiempos venideros”[29].
            Ante este momento histórico tan prometedor, ante esta lucha por la reivindicación de nuestras islas en manos piratas, retomemos la lucha de Scalabrini Ortiz sin partidismo, ni dogmatismo, y sigamos reconstruyendo la nación, recuperemos la lucha por la nacionalización de nuestros recursos y de nuestros ferrocarriles. “Dignifiquemos la palabra patria. Dejémosla que en el reposo se empape nuevamente del espíritu de la tierra. El que la enuncie para disimulo de sus intereses personales, el que la pronuncie como tapujo de sus conveniencias de gremio, de querellas económicas o en simples discordias entre el capital y el trabajo debe ser condenado a cien tundas en las nalgas”. Firma: El Hombre de Corrientes y Esmeralda. (1898 –1959)
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[1] Extracto adaptado de MARECHAL, L. Adán Buenosayres. Buenos Aires. Sudamericana. 1976. p.188
[2] Así los denomina Beatriz Sarlo en “Vanguardia y criollismo. La aventura de Martín Fierro”, en ALTAMIRANO, C. –SARLO, B. Ensayos Argentinos. Buenos Aires. CEAL. 1983. p.159.
[3] HALPERIN DONGHI, T. La República Imposible. Buenos Aires. Ariel. p. 223.
[4] ROJAS, R. La Argentinidad. Buenos Aires. La Facultad. 1916. p. 7.
[5] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931.
[6] SAÍTTA, S. “Ciudades escritas: mapas urbanos en la literatura y el periodismo” en KORN, F. –ROMERO, L. A. (comp.) Buenos Aires /Entreguerras .Buenos Aires. Alianza. 2006. p. 223.
[7] MARECHAL, L. Historia de la calle Corrientes. Buenos Aires. Arrabal. p. 12.
[8]Ese signo argentino, esa exaltación severa de la vida que llevaban en sí como un sacramento estos hombres interiores a quienes había podido observar en los sitios más inesperados del país, lo había yo reconocido en la faz humana de algunos de nuestros hombres cimeros...” MALLEA, E. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires. Sudamericana. 1995. p.92.
[9] SHUMWAY, N. La imaginación tribal: Raúl Scalabrini Ortiz y su reconstrucción de la tribu argentina que nunca fue. San Pablo. Cuadernos de Recienvenido/ 5, Universidad de Sao Paulo. 1997. p. 24.
[10] SCALABRINI ORTIZ, R. Op. Cit. p. 89.
[11] SCALABRINI ORTIZ, R. Op. Cit. p. 93.
[12] René Orsi recordaba en su libro una anécdota en la cual Eduardo Mallea (director del suplemento literario de La Nación) decía de él: “¿Qué es de la vida de Raúl? ¡Qué lástima! Las letras argentinas han perdido un gran valor”, haciendo clara alusión a su militancia en FORJA. ORSI, R. Jauretche y Scalabrini Ortiz. Buenos Aires. Peña Lillo. 1985. p. 35.
[13] BENDA, J. La traición de los intelectuales. Buenos Aires. Efecé. 1974.
[14] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires. Biblos. 2005. p. 93.
[15] Claridad, N° 142. Buenos Aires. 29 de abril de 1933.
[16] SCALABRINI ORTIZ, R. Política británica en el Río de la Plata. Barcelona. Sol90. 2001. p. 17.
[17] GALASSO, N. Raúl Scalabrini Ortiz y la lucha contra la dominación inglesa. Buenos Aires. Edic. del Pensamiento Nacional. 1985. p. 22.
[18] JAURETCHE, A. Forja y la década infame. Buenos Aires. Peña Lillo. 1984 . p. 82.
[19] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires. Reconquista. 1941. p. 88.
[20] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre... Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931. p. 89.
[21] SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre... Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931. p. 139.
[22] Entendiendo paradigma tal como lo define el ya clásico libro de KUHN, T.  La estructura de las revoluciones científicas. Buenos Aires. FCE. 1996.
[23] LENIN. El Imperialismo, fase superior del Capitalismo. Buenos Aires. Quadrata. 2006. p. 82.
[24] HALPERÍN DONGHI, T. El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional. Buenos Aires. Siglo XXI. 2005. pp. 26 –28.
[25] SCALABRINI ORTIZ. Historia de los ferrocarriles argentinos. Buenos Aires. Lancelot. 2006. p. 29.
[26] SCALABRINI ORTIZ. Política británica... p. 7.
[27] “Estrategia internacional británica y la República Argentina” en SCALABRINI ORTIZ, R. Yrigoyen y Perón. Buenos Aires. Plus Ultra. 1972. pp. 71 –99.
[28] Aunque el autor se centra en esta división sobre la Europa decimonónica, la caracterización que ofrece es pertinente por el grado de aceleración nacionalista que sufrió la Argentina a partir de 1930. HOBSBAWM, E. Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona. Crítica. 2004. p. 20.

Los saludos del Comandante (le chingó con una "t", pero está bien!)

Y bue... tiene razón

Ritonto

la otra Evita Capitana

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