*Trabajo expuesto en el Instituto Alicia Moreau de Justo, allá por 2008.
“Marechal insistía: -El que
no ha escuchado la voz del Río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos
Aires. ¡Es la tristeza del barro que pide un alma!-
No pudo continuar, porque se le atragantó una ola de
llanto y su cabeza rodó en el pecho de Xul Solar.
-El problema no está en el río –empezó a decir
Scalabrini, el hombre de la talla diminuta-. Si evitamos las tentaciones más o
menos líricas y abrimos los ojos...
Pero Borges con su mano fofa de molusco le tocó la
espalda: -¡Alto ahí!- le dijo- Entiendo que Buenos Aires nos ofrecía una
versión poética –alcohólico –sentimental del Río...¡Yo sostengo que mientes!
-¿Qué miento? –gruñó Scalabrini-. ¡Ahora voy a decirles
cómo planteo yo el problema de Buenos Aires!
No consiguió hacerlo porque Oliverio
Girando intervino sonoramente implorando: -¡Atájenlo! ¿No ven que ya está
oliendo a Espíritu de la Tierra ?
¡El muy zorro va a encajarnos otra vez su condenada teoría!”[1]
El citado
epígrafe está obtenido de la extraordinaria novela de Leopoldo Marechal
titulada Adán Buenosayres, donde retrata, con otros nombres, a
sus excompañeros martinfierristas. La imagen satírica que expone
Marechal refleja una verdadera crítica hacia las posturas de sus compañeros, dueños
de un criollismo urbano de vanguardia[2]. Así, cuando mencionaba a Raúl
Scalabrini Ortiz, lo personificaba como el petizo
Bernini un fervoroso
discutidor de teorías nacionalistas que trata de martillar sus ideas a sus
compañeros en todo momento, insistentemente, sin éxito. Pero Adán Buenosayres no es una simple novela, porque también retrata el carácter
de una época, de una búsqueda de una literatura fundacional, renovadora, es el
reflejo de los escritores de Florida. Y la crítica que produce Marechal hacia
Scalabrini es la de un escritor desencajado de su época, buscando verdades que
no le interesan a esos grupos de jóvenes literatos preocupados por la estética. A su vez, tampoco se los
puede unir con los de Boedo, ya que la teoría del Espíritu de la tierra no forma parte de una literatura de izquierda,
preocupada por el realismo social. El hombre de Corrientes y Esmeralda ya
estaba solo antes de iniciar su recorrido...
Cuando
Buenos Aires promediaba el ’30, Scalabrini Ortiz era un escritor reconocido,
originario de la Florida pero abierto a los distintos
círculos literarios: no faltarán aportes suyos en las revistas Claridad, y posteriormente en Metrópolis; así como también fue asiduo
colaborador de La Nación y
El Hogar, donde desarrolló esa misteriosa teoría metafísica,
mientras se convierte en un cronista conocedor de los cien barrios porteños, llegando incluso a reemplazar entre setiembre y
noviembre de 1929, las famosas Aguafuertes
porteñas de Arlt en el
diario El Mundo. No obstante, su biblia porteña tan aplaudida y reconocida por el stablishment de entonces llamada El
hombre que está solo y espera, verá la luz recién en 1931, gracias al apoyo y sugerencia de Manuel
Gleiser que terminó convenciendo a Scalabrini que el Hombre de Corrientes y
Esmeralda debía formar parte de un ensayo y no de una novela.
La obra, al
decir de Halperín Donghi, parecería reflejar a la Argentina anterior a la
hecatombe de 1929 –30, y que su autor aún no había advertido que ya no sería la
misma.[3]En
realidad, lo que pretende reflejar es un estado de animosidad y ética porteña,
que transmite lo puro, lo auténtico del ser nacional. A la síntesis del Espíritu de la tierra, que caracterizaba la conciencia y el ideal del
pueblo que Ricardo Rojas lo denominaba la
argentinidad,[4]
Scalabrini le encontró ubicación: Corrientes y Esmeralda. El hombre que espera
en esa esquina será “el instrumento que
permitirá hincar la viva carne de los hechos actuales, y en la vivisección
descubrir ese espíritu de la tierra”.[5] La elección de la esquina no fue
arbitraria: en los veinte, el sótano del Royal Keller, ubicado bajo esas
coordenadas, era una de las sedes más representativas de la vanguardia
literaria; donde se realizaba La Revista Oral en la cual Scalabrini participó
junto con otros martinfierristas. Incluso tenía para él, boxeador en
su juventud, un encanto particular, ya que en este lugar se realizaron las
primeras exhibiciones de boxeo.[6]
Entonces este representante del ser nacional, estuvo íntimamente vinculado a
esta esquina, lugar donde debatirá su “condenada
teoría”. En ese mismo
lugar, recordará Marechal, “Raúl
Scalabrini Ortiz (que aún no pensaba en los ferrocarriles argentinos) concebía
su drama filosófico de un Hombre en soledad y esperanza”.[7] Evidentemente, el ensayo sobre el
ser nacional, era también un testimonio de su vida, y un manifiesto de su
filosofía ético-social. A diferencia de otros ensayos que buscaban al ser
nacional, como Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada, no reflejaba el
inevitable tránsito hacia un destino trágico, pero tampoco emprendía la
búsqueda de la Argentina
invisible, aquella que fue conformada por una elite aristocrática y criolla
como la que había promovido la fundación de la civilización[8] (tal
como lo había interpretado Mitre) como Historia de una pasión argentina de Eduardo Mallea. De hecho,
Scalabrini apela a la unión intrínseca entre el hombre en comunidad apegado a
su tierra, formando con ella una entidad común. Esa relación metafísica es la
barrera que impidió la penetración de costumbres exóticas, es la forma de
explicar cómo el aluvión inmigratorio no pudo desviar el destino del ser
nacional. Pero si la obra ofrece, en respuesta a los análisis de la
intelectualidad extranjera, una visión interior de la argentinidad, tampoco reniega de la práctica liberal de aquel entonces
como cree Nicolás Shumway, que califica a la obra de Scalabrini como una
reconstrucción de un neo tribalismo
en oposición al estado
liberal[9]. Lo
que sí se evidencia es la soledad pronunciada por su autor pero que manifiesta
la esperanza de encontrar a su receptor, es decir, a un actor social del que
todavía no se ha percatado o no ha entrado en contacto.
Por lo tanto, en su primer edición,
no aparece explícito el vacío de representatividad política que sufre el
argentino, más bien mantiene cierta adhesión a la práctica democrática liberal,
en la cual delega su poder en su representante. Es más, para Scalabrini el
hombre porteño goza de un instinto político admirable, y es así que “ha impedido que el capital extranjero se ingiriera en
el manejo de la función pública, y ha desconceptuado a los hombres que
tutelaron su infiltración en el gobierno”.[10] Por
entonces, Scalabrini supone que los fracasos gubernamentales y el
descontento es producto puro y exclusivo de la desconexión existente entre la
dirigencia nacional y sus representados. Entonces, la caída de Yrigoyen se
explica por su soberbia a la hora de gobernar: “En todos sus actos había un “A mí qué me importa lo que piense la
plebe”. Y cayó arrasado por la avalancha de la indignación.
Ahora estamos frente a una soberbia peor (en referencia a Uriburu).”[11]
Sin
embargo, la crisis del treinta, marca un punto de inflexión en
la vida de Scalabrini. Su compromiso y el emprendimiento en la búsqueda del ser
nacional lo llevan al abordaje de una larga experiencia y la misma se va ir
actualizando en su biblia porteña. Así,
entrará en contradicción frente a una intelectualidad que le había abierto los
brazos y habían visto en él, como Eduardo Mallea, a un gran valor de las letras
argentinas[12]. Pues
por entonces en Argentina, donde las bases de la cultura elevada fueron tomadas
directamente de Europa, ahora bajo un período de crisis que la asolaba con la
amenaza bolchevique y fascista, se instaura
en estas minorías selectas “un horror al vacío” debido al aislamiento que
acontece, y a su vez a perder su sustento estructural por parte de los sectores
dominantes. Esta encrucijada cultural persuadió a los intelectuales a asumir
una defensa de los valores que consideraban en peligro mientras apelaban a cierto
resguardo apolítico, como enfatizara Julien Benda.[13]
De esta forma y siguiendo la idea de Benda, Scalabrini Ortiz fue catalogado de traidor
por sus pares, ya que emprende en su labor intelectual una comprometedora labor
crítica. Así como el Hombre de Corrientes y Esmeralda era inmune a tendencias
extranjerizantes, Scalabrini Ortiz se declara independiente de toda ideología
foránea. Este derrotero se inició con un artículo en el diario El Mundo
el 13 de julio de 1932 donde afirmará: “Fácil es adosarse a un
régimen social, político y religioso, sea fascismo o comunismo, liberalismo o
clericalismo. Fácil es repetir como loro el dogma, la frase ritual, el
argumento ya construido, la réplica ingeniosa... (pero) sólo mediante su
sinceridad, el escritor será lo que debe ser, un conductor, un pastor de
hombres perdidos...” . En la cuarta edición de su libro,
julio de 1932, agrega: “(Uriburu) pasó lamentablemente, aunque todavía su
sombra, con lamentables esporos de ideas importados, algunos tratan,
desesperadamente, de sacar utilidad personal en el desquicio provocado. Algún
día los gobernadores, escaldados, aprenderán a respetar las terminantes –aunque
no dichas- convicciones del espíritu de la tierra”[14].
Al poco tiempo, termina renunciando a la condición de vocal
de la Comisión
Directiva de la
SADE , y publicó una carta donde afirma: “No tengo empleo
ni lo tendré . Soy opositor, y de mi nuevo libro en que pienso demostrar con
números en la mano, que el país ha sido miserablemente vendido al capital
extranjero, más espero persecuciones que premios”[15].
Scalabrini consideró que un intelectual no podía estar
pendiente de lo que sucede en Europa y mantenerse al margen de la escandalosa década infame.
La crisis económica iniciada en Wall
Street en 1929 sacudió a todo el mundo, y particularmente a aquellas economías
primordialmente exportadoras como la Argentina. Scalabrini oportunamente
calificó a esta crisis estructural como “el nacimiento de la realidad”. Su
labor de cronista lo hizo entrar en contacto directo con las consecuencias que
suponía esta crisis y fue entonces que comprobó que el problema no era político
sino económico. Se percató de que el hombre de Corrientes y Esmeralda estaba
sumido en una burbuja como el resto de la sociedad: “Buenos Aires, centro pensante
y ejecutivo de la república, contempló el fenómeno con el azoramiento de un
niño(...) se había vivido muellemente hipotecando el porvenir, cediendo
concesiones a cambio de prestamos, enajenando la tierra pública y privada, y la
rueda se había detenido”[16].
Así se lanzó a la investigación económica. La crisis social,
política, moral y cultural en que estaba hundido el país sólo le resulta
explicable analizando los modos de producción.[17]
Fue así que entronca un nacido pensamiento antiimperialista con enseñanzas que
había tomado al formar parte de la primera agrupación comunista universitaria,
Insurrexit, en su juventud. Decididamente Scalabrini dejaba atrás un futuro
auspicioso en las letras argentinas, para dedicarse a la investigación
periodística, buscando desentrañar los lazos que mantenían atadaa la Argentina a Gran Bretaña. Es que la clase dominante
buscaba regularizar las relaciones comerciales con Gran Bretaña, que muy
golpeada por el crack del 29, empezó a recluirse y mantener estrechas
relaciones comerciales con la
Commonwealth , a efectos de autosatisfacerse. Definitivamente
esto alteraba el orden económico del país, entonces intentando evitar el
desastre, a fines de 1933 se termina firmando el tratado Roca –Runciman,
fortaleciendo la relación bilateral, a expensas de una fuerte dependencia. El
escandaloso tratado alcanzó una fuerte indignación local. La polémica hizo más
que aseverar el compromiso político de Scalabrini. En diciembre de 1933,
participó en la conspiración planeada por el teniente coronel Pomar y grupos
radicales yrigoyenistas, que fue
rápidamente sofocada y por lo que debió marchar al exilio.
Como consecuencia de la crisis del
modelo agroexportador, se dio un empuje industrial en el país. De esta forma, a
mediados del ´30 en las principales ciudades, sobre todo en Buenos Aires, se
originó una acelerada urbanización ensanchando el mercado interno.Mientras que
a la par se iba asomando un nuevo actor social huérfano de representatividad
política, migrante de las zonas rurales. Frente al vacío político y la
necesidad de plantear una alternativa que no sea replica de ideologías
extranjeras nació (a partir de una defección dentro del partido radical) FORJA;
encabezada por Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, Homero Manzi y Gabriel del
Mazo entre otros. Scalabrini tuvo participación activa, pese a no formar parte
integral debido a que no era afiliado al partido radical. “Somos una
Argentina Colonial: queremos ser una Argentina Libre”, era su
proclama y su denuncia. “F.O.R.J.A. puso en evidencia lo que Scalabrini Ortiz
llamaba “la política invisible” y la mano extranjera que manejaba sus hilos.
Dio a la política argentina un lenguaje y un método esclarecedor que a su vez
hizo coherente el pensamiento nacional y delimitó en dos campos, reales y locales,
que las divisiones ideológicas se empeñaban en ocultar”[18].
FORJA le sirvió a Scalabrini como forma de difundir sus
investigaciones a través de conferencias y cuadernos, que luego los recopilaría
y ampliaría en Política británica en el río de la Plata e Historia de los Ferrocarriles
argentinos. Sin embargo, el alcance de la difusión era limitado
ya que los grandes medios informativos simplemente ignoraron su accionar
político. No obstante, la relación que entablaba con los receptores mediante la
difusión en lenguaje coloquial y sencillo en las conferencias además de la
propagación de volantes y cuadernos al alcance de los trabajadores sin
dogmatismos, sirvió para entablar una nueva práctica de relación político
popular que será asimilada y desplegada posteriormente por el peronismo.
En febrero de 1941, salía la séptima
edición del Hombre que está solo y espera sufriendo una serie de modificaciones con
respecto al original de 1931. Sin embargo, Scalabrini Ortiz sostiene en su
prologo lo contrario. Luego de sus investigaciones, llegaba a la conclusión que
el capital extranjero sólo “subordina y explota[19]”
al Espíritu
de la tierra, no implantaba mejoras y para nada el Hombre de
Esmeralda y Corrientes le ofrecería una sobria gratitud por sus aportes, como
sostenía en un principio[20].
Incluso ya no había lugar en su libro para simpatías hacia personajes que
terminaron siendo representantes de Washington para construir el
panamericanismo, como Waldo Frank[21].
Decididamente no iba a ser esclavo de sus palabras y por ende, su alter ego iba
a adquirir decididamente una actitud antiimperialista. Scalabrini ya no estaba
escribiendo para regodeo de la intelectualidad, sino que se estaba dirigiendo a
un nuevo interlocutor, y no formaban parte de ello ni los nacionalistas fascistoides
ni tampoco los radicales.
Se
puede afirmar que Scalabrini Ortiz es uno de los referentes del revisionismo
histórico, aunque no fuera historiador, ni le interesaba serlo. No es válido
asignarle entonces falta de rigor científico a sus libros como critica Halperín
Donghi porque simplemente nunca apeló a formar parte de ningún paradigma[22].
Tampoco se podría decir que no cita a Lenin no con el fin de ocultar sus fuentes al momento de
caracterizar a la Argentina
como modelo de semicolonia inglesa[23].
como sostiene Halperín, sino porque su pensamiento formado en su juventud
comunista y enriquecido por la experiencia vivida en la década del 30 lo
llevaron a levantar la bandera del antiimperialismo y proponer salir de su
influencia. En efecto, a diferencia de lo que sostiene Halperín Donghi, en La Historia de los ferrocarriles
argentinos Scalabrini no sólo reconstruye minuciosamente el
desarrollo financiero y denuncia una práctica de corrupción que al suponer del
historiador parece común en su contexto y superflua[24],
sino que desentraña a través de ello la intima vinculación entre la sociedad
política y el capital extranjero:“desde su organización, la República se desenvolvió
ahogada por la malla de los ferrocarriles extranjeros, cuya nefasta influencia
abarcaba todos los órdenes de la vida nacional y cuya política de represión
contrariaba la natural voluntad de crecimiento y diversificación de las
actividades económicas”[25].
Seguramente la respuesta que daría Scalabrini frente a esta crítica sería: “Hay quienes dicen
que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar
esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón
espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del
optimismo”[26].
Tan al margen incluso de la tendencia revisionista general estaba,
que a diferencia de los rosistas, defendía su propia
línea histórica: Moreno –Rosas –Yrigoyen, reivindicando el carácter
revolucionario del primero y su Plan de Operaciones. De alguna
forma, estos eran los referentes principales de la defensa de la soberanía
nacional. Nuevamente Scalabrini Ortiz constituye la negación
de sus contemporáneos: la elite cultural de su tiempo, pues al igual que FORJA
defenderá fervientemente el neutralismo frente a la segunda guerra mundial,
manteniéndose a un costado de la disputa ideológica entre los que adherían a
los aliados o al Eje. Su razonamiento es sencillo: “la convulsión de Europa nos
entreabre una oportunidad para resolver nuestros problemas por nosotros mismos.
No esperemos nada de ella, gane quien gane, sino explotación. Dediquemos
nuestra inteligencia y nuestro trabajo a resolver, ante todo, el hambre y la
angustia de la desesperanzada muchedumbre argentina. En ella caben todas las
voluntades, todas las religiones, todas las razas. Lo único imposible es
escapar al destino histórico en que esa muchedumbre está comprendida. Y por eso
toda traición a su destino histórico es una traición a nosotros mismos”[27].
Por ese entonces, el Hombre de Corrientes y Esmeralda finalmente había
localizado a ese actor social que había emergido a partir del proceso de
industrialización incipiente. Sin lugar a dudas, esa muchedumbre
a la que hace referencia representa al Espíritu de la Tierra
y su aparición en el momento de decadencia del Imperio Británico, hace de ello
el momento de transitar hacia un destino histórico: la liberación del estatuto legal del
coloniaje en la que estaban inmersos. Para Scalabrini su biblia porteña era
el verdadero sentir testimonial del pueblo emergente. Así emprende una lucha
interna dentro de FORJA con el fin de que sea definitivamente independiente del
partido radical. La escisión y alejamiento de algunos de sus miembros es motivo
de ello. Para los yrigoyenistas, la “nación” estaba identificada con el partido
radical y viceversa, lo que era intolerable para Scalabrini que pretendía que
FORJA representase una auténtica renovación, entendía que la “nación” estaba
comprendida por aquella muchedumbre. Siguiendo a Hobsbawm, que divide la
historia de los movimientos nacionales en tres fases[28];
Scalabrini a partir de su labor militante, significó uno de los precursores de
la “idea
nacional” y junto con FORJA diseñaron un estilo de hacer
política que fue asimilado y explotado por el peronismo. Pero además,
Scalabrini es uno de los responsables de la fase inicial, ya que El hombre que está
solo y espera en un primer momento no tenía ninguna implicación
política, ya que rediseñaba una suerte de argentinidad ajena
de un carácter hispanófilo y ultramontano. Finalmente, la tercera fase se
desarrolla a partir de la labor de Perón, que mediante un programa
nacionalista, obtiene el apoyo de la muchedumbre. Antes de los sucesos de
octubre de 1945, Scalabrini escribía: “Las revoluciones destinadas a
marcar una huella perdurable en la historia presuponen la existencia de dos
factores: primero, un pueblo dotado de una elevada tensión espiritual y de un
ímpetu de generosidad colindante con el mesianismo, como era el pueblo ruso.
Segundo, conductores que estén íntima e inseparablemente imbuidos de ese
espíritu, hasta el punto de ser sus interpretes como lo fue Lenin.” Finalmente
parecía que el pueblo había empezado a transitar su destino histórico y al
presenciar a los descamisados aquel 17 de octubre enfatizó: “Era el subsuelo de la patria
sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba por primera vez en su tosca
desnudez original... Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años
estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu
conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus
tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como
nunca creí verlo. (...) Yo era uno cualquiera que sabía que era uno
cualquiera y sin embargo, como un tremendo vendaval, me sacudía el orgullo de
estar abriendo el cauce de los tiempos venideros”[29].
Ante este momento histórico tan prometedor, ante esta lucha por la reivindicación de nuestras islas en manos piratas, retomemos la
lucha de Scalabrini Ortiz sin partidismo, ni dogmatismo, y sigamos reconstruyendo la nación, recuperemos la lucha por la nacionalización de
nuestros recursos y de nuestros ferrocarriles. “Dignifiquemos la palabra patria. Dejémosla que en el reposo se empape
nuevamente del espíritu de la tierra. El que la enuncie para disimulo de sus
intereses personales, el que la pronuncie como tapujo de sus conveniencias de
gremio, de querellas económicas o en simples discordias entre el capital y el
trabajo debe ser condenado a cien tundas en las nalgas”. Firma: El Hombre de
Corrientes y Esmeralda. (1898 –1959)
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la tribu argentina que nunca fue. San Pablo.
Cuadernos de Recienvenido/ 5, Universidad de Sao Paulo. 1997.
[1]
Extracto adaptado de MARECHAL, L. Adán Buenosayres. Buenos Aires.
Sudamericana. 1976. p.188
[2] Así
los denomina Beatriz Sarlo en “Vanguardia y criollismo. La aventura de Martín
Fierro”, en ALTAMIRANO, C. –SARLO, B. Ensayos Argentinos. Buenos Aires.
CEAL. 1983. p.159.
[3]
HALPERIN DONGHI, T. La
República Imposible. Buenos Aires. Ariel. p. 223.
[5]
SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931.
[6]
SAÍTTA, S. “Ciudades escritas: mapas urbanos en la literatura y el periodismo”
en KORN, F. –ROMERO, L. A. (comp.) Buenos Aires /Entreguerras .Buenos
Aires. Alianza. 2006. p. 223.
[7]
MARECHAL, L. Historia de la calle Corrientes. Buenos Aires. Arrabal. p.
12.
[8] “Ese
signo argentino, esa exaltación severa de la vida que llevaban en sí como un
sacramento estos hombres interiores a quienes había podido observar en los
sitios más inesperados del país, lo había yo reconocido en la faz humana de
algunos de nuestros hombres cimeros...” MALLEA, E. Historia de una
pasión argentina. Buenos Aires. Sudamericana. 1995. p.92.
[9]
SHUMWAY, N. La imaginación tribal: Raúl Scalabrini Ortiz y su reconstrucción
de la tribu argentina que nunca fue. San Pablo. Cuadernos de Recienvenido/
5, Universidad de Sao Paulo. 1997. p. 24.
[10]
SCALABRINI ORTIZ, R. Op. Cit. p. 89.
[11]
SCALABRINI ORTIZ, R. Op. Cit. p. 93.
[12] René
Orsi recordaba en su libro una anécdota en la cual Eduardo Mallea (director del
suplemento literario de La
Nación ) decía de él: “¿Qué es de la vida de Raúl? ¡Qué
lástima! Las letras argentinas han perdido un gran valor”, haciendo clara
alusión a su militancia en FORJA. ORSI, R. Jauretche y Scalabrini Ortiz. Buenos
Aires. Peña Lillo. 1985. p. 35.
[13] BENDA, J. La traición de los
intelectuales. Buenos Aires. Efecé. 1974.
[14]
SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires.
Biblos. 2005. p. 93.
[15] Claridad,
N° 142. Buenos Aires. 29 de abril de 1933.
[17]
GALASSO, N. Raúl Scalabrini Ortiz y la lucha contra la dominación inglesa.
Buenos Aires. Edic. del Pensamiento Nacional. 1985. p. 22.
[18]
JAURETCHE, A. Forja y la década infame. Buenos Aires. Peña Lillo. 1984 .
p. 82.
[19]
SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre que está solo y espera. Buenos Aires.
Reconquista. 1941. p. 88.
[20]
SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre... Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931. p. 89.
[21]
SCALABRINI ORTIZ, R. El hombre... Buenos Aires. Manuel Gleiser. 1931. p. 139.
[22]
Entendiendo paradigma tal como lo define el ya clásico libro de KUHN,
T. La estructura de las revoluciones
científicas. Buenos Aires. FCE. 1996.
[23] LENIN.
El Imperialismo, fase superior del Capitalismo. Buenos Aires. Quadrata.
2006. p. 82.
[24]
HALPERÍN DONGHI, T. El revisionismo histórico argentino como visión
decadentista de la historia nacional. Buenos Aires. Siglo XXI. 2005. pp. 26
–28.
[25]
SCALABRINI ORTIZ. Historia de los ferrocarriles argentinos. Buenos
Aires. Lancelot. 2006. p. 29.
[26]
SCALABRINI ORTIZ. Política británica... p. 7.
[27]
“Estrategia internacional británica y la República Argentina ”
en SCALABRINI ORTIZ, R. Yrigoyen y Perón. Buenos Aires. Plus Ultra.
1972. pp. 71 –99.
[28]
Aunque el autor se centra en esta división sobre la Europa decimonónica, la
caracterización que ofrece es pertinente por el grado de aceleración
nacionalista que sufrió la
Argentina a partir de 1930. HOBSBAWM, E. Naciones y nacionalismo
desde 1780. Barcelona. Crítica. 2004. p. 20.


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